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jueves, 7 de octubre de 2010

Coronación Canónica Pontificia de la Virgen del Pino


En 1904, la Comisión formada en Gran Canaria para conmemorar el cincuentenario de la declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción entendió que la mejor manera de hacerlo era solicitar al Papa la Coronación Canónica de la que dentro de unos años sería la Patrona de la Diócesis de Canarias, la Virgen del Pino y así lo propusieron al Obispo de Canarias don José Cueto que acogió con agrado la propuesta y en mayo de 1904 la elevó al Vaticano. El 24 de Julio de aquel año, el Papa Pío X otorgaba a Nuestra Señora del Pino los honores de su Coronación Canónica.

Este rito tenía sus orígenes en el siglo XVII y se utilizaba para las imágenes que eran coronadas en nombre del Cabildo de San Pedro de Roma. Santa María la Mayor de Roma y la Virgen de Oropa, en 1620, fueron las primeras imágenes coronadas canónicamente; pero no fue hasta el siglo XIX cuando la costumbre se extendió como una forma de destacar la especial devoción que los pueblos de la Cristiandad tenían hacia ciertas imágenes de Nuestra Señora. En España, la primera coronada canónicamente fue la Virgen de Monserrat de Cataluña en 1881 y ocho años más tarde lo fue la por entonces Patrona de Canarias, Nuestra Señora de la Candelaria.

Actualmente se rige por el Ritual promulgado por el Vaticano el 25 de Marzo de 1981, en el que se extiende el privilegio de la concesión a los obispos diocesanos juntamente con la comunidad local, por lo que las coronaciones pueden ser pontificias (por decisión expresa del Papa o del Capítulo Vaticano) o diocesanas.

Cuando el Cabildo de San Pedro de Roma decretaba la Coronación, comenzó en la isla de Gran Canaria una ilusionada cuenta atrás en lo que iba a ser el primer acto de relevante importancia de los muchos que durante el siglo XX fueron conformando la singular idiosincrasia de la advocación del Pino, su relación con los poderes públicos durante décadas y el auge y configuración de las fiestas que en su honor (y en honor a la simbología de lo canario) fueron acrecentándose y mejorando a lo largo de ese siglo. Teniéndose prevista la celebración del acto para diciembre, ya que se deseaba hacerlo coincidir con la onomástica de la Inmaculada Concepción, los temores a las lluvias, el deslucimiento del evento por la escasez de tiempo y la buena acogida que estaba teniendo (sobre todo entre las mujeres grancanarias) la campaña de recogida de donativos y de joyas con las que realizar las coronas y sus aureolas nimbadas de doce estrellas (tal como las describe el Apocalipsis), determinaron el que la Comisión propusiera al Obispo el retardar la fecha de la coronación hasta el año siguiente. La propuesta, aceptada por el prelado fue elevada a Roma y con su visto bueno se eligió el mes de septiembre de 1905 para llevar a cabo el acto con todos los honores que el mismo merecía.

Ni la visita del ministro Eduardo Cobian y Roffignac, en mayo de 1905, para preparar la que el monarca tenía prevista realizar el siguiente año; ni los distintos actos con que, por iniciativa del periodista Mariano de Cavia, se celebraba el tercer centenario de la publicación del Quijote, lograron menoscabar ni un ápice el entusiasmo que todos pusieron en la Coronación de la Virgen del Pino. Durante más de un año se estuvieron recogiendo aportaciones para realizar las coronas y cientos de mujeres donaron joyas para que formaran parte de las mismas; un aspecto que daba un valor sentimental añadido a las mismas. El orfebre Casimiro Márquez realizó una filigrana digna del fin a que se destinaba; 800 gramos de oro de 18 quilates, 56 esmeraldas, 34 brillantes, 180 granates y zafiros y 700 perlas ornamentaron una pieza sin igual que fue el resultado del empeño de un pueblo que, en su mayoría, estaba formado por personas que sufrían la penuria económica de las islas pero a las que no importó desprenderse de las pocas joyas que tenían y, poco a poco, reunir lo necesario para realizar las Coronas, de las que, a fin de cuentas y en justicia, todos eran partícipes.

Una semana antes de la Coronación, el Sol sufrió un eclipse total, quizás como un preludio de la magnífica y luminosa mañana con que, tal como nos describen las crónicas, la víspera de la Natividad de Nuestra Señora de 1905 anunció a la Gran Canaria que el día tan esperado había llegado. Y al mediodía de aquel 7 de Septiembre de 1905, la voz del Obispo don José Cueto y Díez de la Maza revestido de pontifical anunció, después de mostrar las coronas al pueblo, con tono solemne desde la puerta principal de la Basílica de Teror (donde se había ubicado el Trono) a los más de treinta mil canarios que aquel día asistieron a la ceremonia, las palabras establecidas según la formula del Ritual, y repetidas según coronaba al Niño y a la Virgen:

"Así como eres coronado en la tierra por nuestras manos, así merezcamos ser coronados por Ti en los cielos de gloria y honor. Así como eres coronada por nuestras manos en la tierra, del mismo modo merezcamos ser coronados de gloria y honor por Cristo en los cielos".

El entusiasmo se desbordó durante todo el resto del día…

En 1955 para celebrar el cincuentenario de este evento, Ignacio Quintana Marrero, un terorense poeta, periodista y primer pregonero de las fiestas en 1948 escribió la letra de un himno a la Virgen, denominado Popular, y el director de la Banda del Regimiento Militar de Infantería de Las Palmas don José Moya Guillén puso la música. Y este bellísimo himno lleva ya medio siglo incorporado a la cultura y la simbología de la Virgen del Pino:

"Reina sonriente, Madre del amor. Eres, oh dulce, oh pía, oh clemente, de la canaria gente la torre del fervor. Tú eres la esperanza del pueblo canario, firme sobre el árbol de eterno verdor… Eres Tú la que vio de un santuario de dragos y pinos nacer a Teror. Cuando de rodillas caminando llegan romeros de toda la isla a Teror, el perdón y la dicha les entregan tu rostro de Madre… tus ojos de amor…".


Las imágenes de la Virgen del Pino y el Niño lucieron las Coronas de 1905 durante gran parte del siglo XX y cientos de fotografías y postales perpetuaron aquella maravilla de la orfebrería isleña.

Pero cuando este acto de fervor sin igual y de entrega de la Diócesis de Canarias a su Patrona iba a cumplir siete décadas, un hecho extraño en estas tierras, un robo sacrílego, vino a modificar la historia del Pino y de la Iglesia en el archipiélago. Las coronas que con tanto amor forjaron las voluntades de nuestros abuelos, desaparecieron hace casi cuarenta años en el robo perpetrado en el Camarín de la Virgen del Pino la noche del 15 al 16 de enero de 1975; y el valor espiritual y sentimental que representaban por estar realizadas con las joyas donadas por las mujeres canarias de sus propios ajuares quedó entonces remarcado y significado muy por encima de su valor material, ya de por sí bastante alto. El asombro dejó paso a la desolación y a la incredulidad; multitud de hipótesis se barajaron y llegó a atisbarse algún intento de rebelión contra los que se suponían inductores de la profanación. Pero, por encima de todas estas circunstancias, y tal como lo describiera el cronista Néstor Álamo, al pueblo de Canarias "se le cayó el alma a los pies" mientras sobre Teror se esparcía "una tristeza densa, espesa, desganada… ".

Pero como "de flaquezas, nacen fuerzas", no había pasado un mes cuando en la Villa, y bajo la presidencia del ex alcalde don José Hernández Jiménez, se constituyó una comisión denominada de Desagravio a la Virgen del Pino encargada de recaudar los fondos necesarios para realizar unas nuevas coronas que sustituyeran las sustraídas. Aunque el entusiasmo fue mucho, los donativos no lo fueron tanto, y estas coronas fueron realizadas no ya en oro sino en plata de ley y piedras semipreciosas por la Fábrica de Artículos Religiosos Roses de Castellón, siendo su costo cercano al cuarto de millón de pesetas. La intención de los integrantes de la Comisión de sustituirlas en un plazo de tiempo por otras de mayor mérito y valor ahí quedó, ya que los vientos (hasta dentro de la misma Iglesia) empujaban hacia otros derroteros.

La ceremonia, no obstante, fue, si no tan brillante como la primera, sí de un alto valor sentimental ya que la sensación generalizada era la de devolver a la Imagen una pequeña parte de lo que, donado por generaciones de gentes de nuestra tierra, se le había sustraído. Desde la llamada Casa de los Patronos partieron el día 6 de Septiembre de 1975 (casi justamente setenta años después de aquélla otra ocasión) doña Teresita Arencibia y doña Luisa Dalmau como integrantes de la Comisión portando las Coronas y ese mismo día, después de realizar la Bajada de la Imagen para las fiestas de aquel año, fueron nuevamente y por segunda vez coronados Nuestra Señora del Pino y el Niño.

En 1980, los 75 años de la Coronación se celebraron con un nuevo manto de raso de seda natural de París de color verde y bordado en oro y plata. Fue donado por la Camarera de la Virgen, doña Carmen Bravo de Laguna, y se realizó en la misma Basílica por don Francisco Herrera (excelente artífice de verdaderas maravillas en este arte, desgraciadamente ya fallecido) y don Juan Carrasco Lezcano. La camarera pretendía una réplica del que la Imagen llevaba en 1905, pero a propuesta de don Francisco Herrera, ésta consintió y aprobó una pequeña innovación: dentro de cada hoja plateada se bordó la figura de un pino; con lo que el vestuario de la Virgen del Pino se acrecentó con una nueva obra de arte, muy parecida pero a la vez diferente de la que luciera en su Coronación Canónica.

Aquel septiembre de hace ya más de un siglo, Gran Canaria sólo vivió para festejar con una solemnidad casi olvidada el fervor a María en su Imagen del Pino y marcó con este acto el inicio de un cambio en la desidia con que habían transcurrido las manifestaciones del culto en el templo terorense después del arrase de los vientos desamortizadores del XIX. Por ello Teror, después de la Coronación Canónica, recuperó un orgullo que unificó las voluntades de todos en torno a un único fin:
"Nuestra Señora del Pino debía volver a ocupar, como antes, no sólo los corazones de las gentes de Canarias; la Virgen tenía que convertirse ella misma en el corazón de Gran Canaria"; y en las décadas siguientes se fueron colocando muchos pilares para conseguirlo

Su declaración en 1914 como Patrona Principal de la Diócesis de Canarias; la investidura de su Iglesia Santuario como Basílica Menor y tres años más tarde, en 1919, el restablecimiento de su fiesta como solemnidad religiosa de doble precepto en Gran Canaria; la concesión de honores de Capitán Generala la Imagen y la representación de la Casa Real en 1929; la visita en 1934 del cardenal y legado pontificio Eugenio Pacelli (futuro Papa Pío XII); las Bajadas a la Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria después de más de un siglo sin realizarse; el Patronazgo de las fiestas asumido por el Cabildo Insular conjuntamente con la aparición en las mismas del acto de la Romería Ofrenda en 1952; las creaciones musicales de tantos artistas como Néstor Álamo o Herminia Naranjo; las visitas de ministros, embajadores, del general Francisco Franco, presidentes de gobiernos, de los actuales Reyes de España cuando eran aún príncipes de España, o de su hijo, el Príncipe de Asturias; son la muestra de que lo pretendido se consiguió y que hoy por hoy, la Virgen del Pino se ha convertido en uno de los principales referentes de la identidad cultural de Gran Canaria y que, junto a su evidente poder como aglutinadora de la fe católica en la isla, nunca debe obviarse la capacidad de convocatoria que esta advocación y lo que en torno a ella se genera día a día son en la actualidad un elemento consustancial de la cultura de Canarias.

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